semáforos en ámbar
jueves, 8 de marzo de 2012
viernes, 10 de febrero de 2012
La inmortalidad
"Pienso luego existo, es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general y se refiere a todo lo vivo. Mi yo no se diferencia esencialmente del de ustedes por lo que piensa. Gente hay mucha, ideas pocas: todos pensamos aproximadamente lo mismo y las ideas nos las traspasamos, las pedimos prestadas, las robamos. Pero cuando alguien me pisa el pie, el dolor sólo lo siento yo. La base del yo no es el pensamiento, sino el sufrimiento, que es el más básico de todos los sentimientos. En el sufrimiento, ni siquiera un gato puede dudar de su insufrible yo. En un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo. El sufrimiento es la universalidad del egocentrismo."
jueves, 26 de enero de 2012
Luna, déjame que te comparta
Otro símbolo especial para mí. Aquella que está, y que, aunque no veas, la sientes. Como esa luz cuando todo lo demás se apaga, se oscurece, con sus momentos de crecimiento, sus caídas hacia la nada y sus ocasionales -quizás por esto tan especiales- eclipses. La bombilla que no falla aunque la tempestad se empeñe en ocultar y engañar, cruzándose siempre con el ojo que la busca, mirando a las nubes desde arriba, con ese aire de desprecio que sólo destilan los que verdaderamente lo merecen. No te engañará jamás, y se encarga de arrojar un punto de referencia con su sola presencia si así lo necesitas. La que comparte por igual amor e ira, alcohol y lágrimas, sin distinción alguna. La que oye tanto los fríos sonidos emitidos por los cuerdos como los cantos multicolor que a veces los locos ofrecen.
Esta noche a tu ventana tira piedras la luna.
Esta noche a tu ventana tira piedras la luna.
Dice que no llores sola,
Que ella quiere compañía, que la noche es larga y fría.
Ella en vela pasa las horas.
lunes, 23 de enero de 2012
Excepcional
Dicen que los locos tienden a aislarse. Lo que no dicen es que, en muy contadas ocasiones, llegan barcos, que se cruzan, de forma casual, con su isla. Barcos cuyo timonel no puede evitar, sea por curiosidad o cualquier otro impulso primario, bajarse y explorar. Y es cuando se encuentran con ese loco encerrado, cuando cruzan miradas, palabras, y lo que la curiosidad y demás impulsos desean; es ahí cuando comienzan a darse cuenta de que ni el loco es tan loco, ni el cuerdo tan cuerdo. Es cuando los matices y colores se hacen infinitos. Es uno de esos momentos, uno de esos. Uno especial, diferente.
Y lo es precisamente porque es excepcional. Lo es porque no todos los días se encuentran islas para naufragar, lo es porque supone un pico, una salida de esa media tan angustiosa. Por desgracia, la excepcionalidad es un don escaso por definición. Si esto ocurriera más a menudo, se convertiría en corriente, en vulgar, y se apuntaría en el diario de viaje: "Nada que reseñar".
Es por esto mismo que, por mucho que nos pese a veces, elegimos la otra vía, la diferente, la difícil, pero sin duda alguna, joder, la mejor. Porque ir contracorriente es duro, sí, pero de vez en cuando, al secarse el agua que empaña los ojos, todo se ve más claro, todo se ve. Y es un precio muy digno a pagar.
Por lo tanto, esperar que todo despierte algo en nosotros no es más que una vía hacia la desesperación, y de las más rápidas; no esperar nada y sorprenderse, aunque sea muy de vez en cuando, es lo más cercano a un milagro que yo he conocido.
Aun así, no es fácil comprender a los llenos, a los felices, a los que ya se han cansado de buscar y se tapan los ojos creyendo que han encontrado, y se niegan ya a seguir buscando, en definitiva, a los muertos. Y sí que es fácil desquiciarse buscando su fórmula, el problema es que, una vez que has derrumbado el muro de delante, ese que pone con pinturas en escala de grises: "Soy feliz", jamás vas a querer o poder reconstruirlo. Y no es esto, en absoluto, malo o evitable, todo lo contrario. Para derribarlo hay que tener valor, y tú lo tienes, no te engañes. No te tortures, no lo hagas en exceso, al menos. A veces es bueno torturarse, aunque sea un poco, para así encontrar algo de alivio.
Y si quieres torturarte, al menos déjame escuchar el sonido del látigo, y así poder reírnos juntos. Y si quieres hacerlo, hazlo en mi barca, que siempre es lo suficientemente grande para quien lo merece. Pero déjame mi rato de oscuridad, que mis demonios son muy tímidos. No te preocupes, no volveré. Porque nunca me voy a ir. No si tú no quieres. Miraremos a los malditos benditos, y brindaremos por haber elegido lo contrario, por montar en la barca y remar río arriba, montaremos con tu látigo, con mis demonios, y nos reiremos de los que pasan río abajo, disfrutaremos de sus caras de cuerdos mirando con incredulidad hacia nosotros. Siempre que tú quieras. Ya sabes, tú eliges.
Y lo es precisamente porque es excepcional. Lo es porque no todos los días se encuentran islas para naufragar, lo es porque supone un pico, una salida de esa media tan angustiosa. Por desgracia, la excepcionalidad es un don escaso por definición. Si esto ocurriera más a menudo, se convertiría en corriente, en vulgar, y se apuntaría en el diario de viaje: "Nada que reseñar".
Es por esto mismo que, por mucho que nos pese a veces, elegimos la otra vía, la diferente, la difícil, pero sin duda alguna, joder, la mejor. Porque ir contracorriente es duro, sí, pero de vez en cuando, al secarse el agua que empaña los ojos, todo se ve más claro, todo se ve. Y es un precio muy digno a pagar.
Por lo tanto, esperar que todo despierte algo en nosotros no es más que una vía hacia la desesperación, y de las más rápidas; no esperar nada y sorprenderse, aunque sea muy de vez en cuando, es lo más cercano a un milagro que yo he conocido.
Aun así, no es fácil comprender a los llenos, a los felices, a los que ya se han cansado de buscar y se tapan los ojos creyendo que han encontrado, y se niegan ya a seguir buscando, en definitiva, a los muertos. Y sí que es fácil desquiciarse buscando su fórmula, el problema es que, una vez que has derrumbado el muro de delante, ese que pone con pinturas en escala de grises: "Soy feliz", jamás vas a querer o poder reconstruirlo. Y no es esto, en absoluto, malo o evitable, todo lo contrario. Para derribarlo hay que tener valor, y tú lo tienes, no te engañes. No te tortures, no lo hagas en exceso, al menos. A veces es bueno torturarse, aunque sea un poco, para así encontrar algo de alivio.
Y si quieres torturarte, al menos déjame escuchar el sonido del látigo, y así poder reírnos juntos. Y si quieres hacerlo, hazlo en mi barca, que siempre es lo suficientemente grande para quien lo merece. Pero déjame mi rato de oscuridad, que mis demonios son muy tímidos. No te preocupes, no volveré. Porque nunca me voy a ir. No si tú no quieres. Miraremos a los malditos benditos, y brindaremos por haber elegido lo contrario, por montar en la barca y remar río arriba, montaremos con tu látigo, con mis demonios, y nos reiremos de los que pasan río abajo, disfrutaremos de sus caras de cuerdos mirando con incredulidad hacia nosotros. Siempre que tú quieras. Ya sabes, tú eliges.
No hay mundo perfecto
Que nos consiga conquistar
La mierda, lo cierto,
Es que nos une un poco más
miércoles, 18 de enero de 2012
La insoportable levedad del ser
Amo y odio por igual a aquellas personas capaces de ilusionarse con cualquier menester, sea cual sea. Las amo porque la considero una enorme virtud, capaz de cambiar la química cerebral de tal forma que todo se les hace más llevadero. Las odio porque apenas he saboreado esa sensación. No recuerdo el último momento en el que mi cabeza dejó sitio a tal pensamiento. Ni siquiera sé si estar allí es mejor que estar aquí, supongo que tendrá la contraparte de la invidencia que causa el confeti y el algodón continuo. No todo será bonito en el cielo de los idiotas. Espero. No lo sé. No sé absolutamente nada y eso me gusta e inquieta a partes iguales.
El caso es que todo se presenta con un saludo tan sobrio como desalentador, todo se reduce a nada con una facilidad que obliga a replantearse hasta el hecho o pensamiento más efímero y vacuo. Ya no puedo taparme más los ojos y respirar como si nada, pero también tengo miedo irracional, instintivo quizás, a la desorientación... igualmente ya he asumido que he de cargar con ello. ¿Pensarán Ellos lo mismo? ¿Cómo son capaces de sobrellevarlo? Yo no soy capaz de acallar las voces de mi cabeza, ni tampoco lo quiero así. La búsqueda de la felicidad me llega a parecer absurda, si es por el camino de la ignorancia o el alienamiento, yo no la quiero. Por lo tanto, queda la vía hedonista o la autodestructiva, o ambas... aún así, no es suficiente. No me llena.
La visión del futuro me aterra, esa necesidad de aferrarse a cualquier cosa con tal de seguir, con tal de creer que la siguiente bocanada de oxígeno tendrá algún sentido. Me parece un inmenso error agarrarse a cualquier persona o cosa con el único fin de seguir: dar sentido a una vida con otra. Es absurdo. Una fantasía de adolescente. Sin embargo aún siguen quedando momentos y seres que consiguen desbordar el vaso, aunque sea de forma momentánea. Se hacen así muy cuesta arriba las obligaciones, mirándolo desde el balcón donde hoy me encuentro. Todo me parece absurdo hoy, absurdo y bello a la vez.
Gracias a la inspiración que otorgan las lecturas sobre nihilismo y, sobretodo, a la vulpina que regala esos ratejos de psicoanalista argentino (sin llamarse Gonzalo) y a la vez filosóficos con acento alemán.
bright and early for the daily races
going no where
going no where
El caso es que todo se presenta con un saludo tan sobrio como desalentador, todo se reduce a nada con una facilidad que obliga a replantearse hasta el hecho o pensamiento más efímero y vacuo. Ya no puedo taparme más los ojos y respirar como si nada, pero también tengo miedo irracional, instintivo quizás, a la desorientación... igualmente ya he asumido que he de cargar con ello. ¿Pensarán Ellos lo mismo? ¿Cómo son capaces de sobrellevarlo? Yo no soy capaz de acallar las voces de mi cabeza, ni tampoco lo quiero así. La búsqueda de la felicidad me llega a parecer absurda, si es por el camino de la ignorancia o el alienamiento, yo no la quiero. Por lo tanto, queda la vía hedonista o la autodestructiva, o ambas... aún así, no es suficiente. No me llena.
La visión del futuro me aterra, esa necesidad de aferrarse a cualquier cosa con tal de seguir, con tal de creer que la siguiente bocanada de oxígeno tendrá algún sentido. Me parece un inmenso error agarrarse a cualquier persona o cosa con el único fin de seguir: dar sentido a una vida con otra. Es absurdo. Una fantasía de adolescente. Sin embargo aún siguen quedando momentos y seres que consiguen desbordar el vaso, aunque sea de forma momentánea. Se hacen así muy cuesta arriba las obligaciones, mirándolo desde el balcón donde hoy me encuentro. Todo me parece absurdo hoy, absurdo y bello a la vez.
Gracias a la inspiración que otorgan las lecturas sobre nihilismo y, sobretodo, a la vulpina que regala esos ratejos de psicoanalista argentino (sin llamarse Gonzalo) y a la vez filosóficos con acento alemán.
bright and early for the daily races
going no where
going no where
martes, 13 de diciembre de 2011
El salmón
Este frío me va a matar.
Fue un día, no recuerdo cuando, aunque no haya pasado tanto tiempo, cuando me fijé en él. Navegaba en mares de brea cuando lo vi saltar. Apenas levantaba el vuelo por encima de la superficie, pero allí estaba, majestuoso, mostrando con un simple gesto esa expresión que tanto me gusta, ese: "aquí estoy yo".
Cuando lo seguí, no estaba seguro a donde me dirigía yo, ni a donde me dirigiría él. Solo sé que desde el momento que empecé a seguirlo, comencé a sentirme a gusto. Escogió la desembocadura de un río para subir río arriba, como quien escoge un revólver para suicidarse. Parecía absurdo, pero no lo era.
Y en el camino que he conseguido acumular, remando, he visto cómo ha sido capaz de esquivar obstáculos, cómo se ha alimentado de sus propias fuerzas para seguir, cómo, a pesar de ser herido, ha conseguido reponerse y seguir río arriba. Y me ha gustado.
Durante la travesía he tenido la suerte de, a ratos, tener que ensanchar mi barca, la compañía así lo merecía. Siempre hay algún momento en el que, queramos o no, necesitamos dormir. Y ha sido en esos momentos cuando mi barca, repleta de carne, humo y líquidos sin determinar, a las manos de extraños íntimos, ha seguido su camino para, cuando he querido despertar, haberme visto como el que despierta tras un día de resaca, ya con el sol caído a los pies de la luna, y esta, desvergonzada, se atreve a brillar incluso más que de costumbre.
Es por esto y sólo por esto por lo que admiro de tal forma a un animal tozudo por instinto. Quizás (o más bien, seguro) yo no lo haga por instinto, ni las razones que yo tenga pueda compartirlas con ese pez, pero es que, sinceramente, después de esto, dudo que pudiera seguir viviendo en el mar, tan tranquilo, con tanta ausencia de paisajes, alejado de la frondosidad y los ramajes donde juegan a asomarse los animales. Para encontrar la corriente en el mar debes sumergirte y esto implica necesariamente no respirar, y eso a mí, como humano no me va. Desde el aspecto fisiológico hasta el infinito. Prefiero chocar con la corriente de frente, hacer cara al agua que salpica mi rostro muy de vez en cuando y seguir, seguir hasta donde me lleve, no la corriente, sino mi fuerza para seguir nadando.
Y escapar de vez en cuando dando saltos (aunque ello implique exponerme a las fieras) por momentos que, aunque parezcan efímeros, se hacen eternos en el laberinto que llaman memoria. Describiendo una trayectoria puntiaguda en el plano, dibujando los picos que tanto me gustan. Aunque eso implique hundirme ocasionalmente tras mi caída del aire. Me parece que se acerca más a mi concepción de vida que la línea quasi recta que dibujaría por mi trayecto a través del mar. Elegí, y elijo, pues, mi vida a través del río, ni a favor ni en contra de la corriente, sino en la que yo mismo sea capaz de dibujar.
siempre seguí la misma dirección, la difícil, la que usa el salmón...
Fue un día, no recuerdo cuando, aunque no haya pasado tanto tiempo, cuando me fijé en él. Navegaba en mares de brea cuando lo vi saltar. Apenas levantaba el vuelo por encima de la superficie, pero allí estaba, majestuoso, mostrando con un simple gesto esa expresión que tanto me gusta, ese: "aquí estoy yo".
Cuando lo seguí, no estaba seguro a donde me dirigía yo, ni a donde me dirigiría él. Solo sé que desde el momento que empecé a seguirlo, comencé a sentirme a gusto. Escogió la desembocadura de un río para subir río arriba, como quien escoge un revólver para suicidarse. Parecía absurdo, pero no lo era.
Y en el camino que he conseguido acumular, remando, he visto cómo ha sido capaz de esquivar obstáculos, cómo se ha alimentado de sus propias fuerzas para seguir, cómo, a pesar de ser herido, ha conseguido reponerse y seguir río arriba. Y me ha gustado.
Durante la travesía he tenido la suerte de, a ratos, tener que ensanchar mi barca, la compañía así lo merecía. Siempre hay algún momento en el que, queramos o no, necesitamos dormir. Y ha sido en esos momentos cuando mi barca, repleta de carne, humo y líquidos sin determinar, a las manos de extraños íntimos, ha seguido su camino para, cuando he querido despertar, haberme visto como el que despierta tras un día de resaca, ya con el sol caído a los pies de la luna, y esta, desvergonzada, se atreve a brillar incluso más que de costumbre.
Es por esto y sólo por esto por lo que admiro de tal forma a un animal tozudo por instinto. Quizás (o más bien, seguro) yo no lo haga por instinto, ni las razones que yo tenga pueda compartirlas con ese pez, pero es que, sinceramente, después de esto, dudo que pudiera seguir viviendo en el mar, tan tranquilo, con tanta ausencia de paisajes, alejado de la frondosidad y los ramajes donde juegan a asomarse los animales. Para encontrar la corriente en el mar debes sumergirte y esto implica necesariamente no respirar, y eso a mí, como humano no me va. Desde el aspecto fisiológico hasta el infinito. Prefiero chocar con la corriente de frente, hacer cara al agua que salpica mi rostro muy de vez en cuando y seguir, seguir hasta donde me lleve, no la corriente, sino mi fuerza para seguir nadando.
Y escapar de vez en cuando dando saltos (aunque ello implique exponerme a las fieras) por momentos que, aunque parezcan efímeros, se hacen eternos en el laberinto que llaman memoria. Describiendo una trayectoria puntiaguda en el plano, dibujando los picos que tanto me gustan. Aunque eso implique hundirme ocasionalmente tras mi caída del aire. Me parece que se acerca más a mi concepción de vida que la línea quasi recta que dibujaría por mi trayecto a través del mar. Elegí, y elijo, pues, mi vida a través del río, ni a favor ni en contra de la corriente, sino en la que yo mismo sea capaz de dibujar.
siempre seguí la misma dirección, la difícil, la que usa el salmón...
domingo, 11 de diciembre de 2011
Sigues vivo, cabrón
Es una de las dudas que me asaltaban, y es ahora, con la distancia que sólo es capaz de crear el tiempo, cuando me creo capaz de escribir esto. Es ahora, por qué no decirlo también, cuando he reunido los suficientes cojones para hacerlo, no porque antes estuvieras ausente, ni mucho menos: impregnas con tu aroma un porcentaje considerable de mis pensamientos y, con ello, mis actos. Tampoco es de extrañar, soy parte de ti y tú de mi. Es innegable.
Me crié viendo como tus ausencias llenaban mi plato, y pronto comencé a valorarlo. Tampoco me dejabas solo, siempre tuviste una fiel guardiana que esperaba en la retaguardia y fue capaz de darme su parte. Tus llegadas siempre eran acontecimiento, y servías para romper mi rutina, me daba igual dormir en el sofá de cualquier bar, abría los ojos y allí estabas, sólo quería eso.
Quizás sea por esto por lo que odio tanto la monotonía, quizás hayas calado más hondo incluso de lo que yo creía. Quizás el ambiente de bar, el whisky y el Winston no me gusten, puede que mis propios sentidos me engañen por darte tu merecido homenaje. Nunca lo sabré.
Siguen grabados a fuego esos recuerdos, los tazos a la hora de comer, el respeto que imponía una sola mirada tuya. Tu visión lúcida, precursora del intento que es la mía. De eso sí que estoy seguro.
Nunca fuiste un santo, y gracias, gracias por esto en particular. No introdujiste dogmas en mi cabeza, más bien los extrajiste cual preciso cirujano, sin darte ni cuenta, pero lo hiciste. No dejabas indiferente, y eso me encantaba, y me sigue encantando. Tuviste los cojones suficientes para hacerte un hueco, tu hueco, y luego, tuviste los cojones suficientes para abandonarlo, creyendo que era lo mejor. No voy a entrar a juzgar esto en particular, en parte porque yo soy resultado de esta decisión. No podría escribir esto si te hubieras decantado por el otro camino.
Y fuiste consecuente, de forma consciente decidiste llenar tu vida con algo que, en el momento que escribo esto, a mi me parecen obstáculos. Es curioso que diga esto formando parte de esos obstáculos, pero permíteme esa contradicción. Tu viento cambió... y cuando no había viento, soplabas.
Dicen que sólo las personas a las que realmente quieres son capaces de hacerte daño. Yo estoy seguro de lo primero, pero no recuerdo con claridad demasiados ejemplos de lo segundo. Y si lo hago, se difuminan en mi mente aplastados por todo lo demás. Todo lo bueno.
Sólo recuerdo un consejo tuyo, no eras de muchas palabras, por ello las pocas que ofrecías tenían ese enorme valor. Lo recuerdo como si lo viviera ahora, aún me veo cerca de ese semáforo, sentado en el asiento del copiloto escuchándote:
"No te eches novia, nunca". Así me lo dijiste, así lo recuerdo. No te hice caso. Y me equivoqué. Tú no tendías a la sobre protección, cuanto te lo agradezco. Ni lo imaginas. Tampoco te podrías imaginar cómo es de grande aquel agujero que poblabas, pueblas y, con toda certeza lo digo, poblarás.
Porque la única vida que vivimos es la que recordamos, porque los únicos vivos son los que añoramos, tú sigues muy vivo, cabrón.
As the years go passing by
Me crié viendo como tus ausencias llenaban mi plato, y pronto comencé a valorarlo. Tampoco me dejabas solo, siempre tuviste una fiel guardiana que esperaba en la retaguardia y fue capaz de darme su parte. Tus llegadas siempre eran acontecimiento, y servías para romper mi rutina, me daba igual dormir en el sofá de cualquier bar, abría los ojos y allí estabas, sólo quería eso.
Quizás sea por esto por lo que odio tanto la monotonía, quizás hayas calado más hondo incluso de lo que yo creía. Quizás el ambiente de bar, el whisky y el Winston no me gusten, puede que mis propios sentidos me engañen por darte tu merecido homenaje. Nunca lo sabré.
Siguen grabados a fuego esos recuerdos, los tazos a la hora de comer, el respeto que imponía una sola mirada tuya. Tu visión lúcida, precursora del intento que es la mía. De eso sí que estoy seguro.
Nunca fuiste un santo, y gracias, gracias por esto en particular. No introdujiste dogmas en mi cabeza, más bien los extrajiste cual preciso cirujano, sin darte ni cuenta, pero lo hiciste. No dejabas indiferente, y eso me encantaba, y me sigue encantando. Tuviste los cojones suficientes para hacerte un hueco, tu hueco, y luego, tuviste los cojones suficientes para abandonarlo, creyendo que era lo mejor. No voy a entrar a juzgar esto en particular, en parte porque yo soy resultado de esta decisión. No podría escribir esto si te hubieras decantado por el otro camino.
Y fuiste consecuente, de forma consciente decidiste llenar tu vida con algo que, en el momento que escribo esto, a mi me parecen obstáculos. Es curioso que diga esto formando parte de esos obstáculos, pero permíteme esa contradicción. Tu viento cambió... y cuando no había viento, soplabas.
Dicen que sólo las personas a las que realmente quieres son capaces de hacerte daño. Yo estoy seguro de lo primero, pero no recuerdo con claridad demasiados ejemplos de lo segundo. Y si lo hago, se difuminan en mi mente aplastados por todo lo demás. Todo lo bueno.
Sólo recuerdo un consejo tuyo, no eras de muchas palabras, por ello las pocas que ofrecías tenían ese enorme valor. Lo recuerdo como si lo viviera ahora, aún me veo cerca de ese semáforo, sentado en el asiento del copiloto escuchándote:
"No te eches novia, nunca". Así me lo dijiste, así lo recuerdo. No te hice caso. Y me equivoqué. Tú no tendías a la sobre protección, cuanto te lo agradezco. Ni lo imaginas. Tampoco te podrías imaginar cómo es de grande aquel agujero que poblabas, pueblas y, con toda certeza lo digo, poblarás.
Porque la única vida que vivimos es la que recordamos, porque los únicos vivos son los que añoramos, tú sigues muy vivo, cabrón.
As the years go passing by
Suscribirse a:
Entradas (Atom)