martes, 6 de diciembre de 2011

La luz oscura




- Ya no había nada. Nada. Sólo oscuridad. Qué importa qué fue lo que pasó, o lo que no pasó. Lo importante es que seguimos aquí, que la luz natural ya no existe y que todo ha cambiado.

Al holocausto sobrevivieron los suficientes para una representación teatral de lo que anteriormente era el mundo, estadísticamente se adecuaban perfectamente a la metáfora del absurdo en el cual solíamos vivir, es decir: había un buen puñado de idiotas, todos ellos sentando cátedra cada vez que osaban abrir la boca, que por desgracia, era a menudo y, por otro lado, un pequeño reducto de idiotas a los ojos de los primeros, y digo a los ojos para que me entiendas, ya no se veía nada. Nada.

Todo cambió con un encuentro casual, un ciego, que se había convertido en un hábil habitante de aquel inhóspito lugar, probablemente debido a su correcta adaptación al mundo, o a su suerte, llámalo como más quieras, encontró un extraño objeto. Se dispuso a manosearlo como acostumbraba, encontrando un pequeño círculo en un extremo que parecía ser un interruptor. Pronto se dio cuenta de su hallazgo y se apresuró a esconderlo, al igual que el avaro esconde su posesión más preciada, al igual que el adicto esconde su (pen)última dosis.

Hay que tener en cuenta que, en un mundo reinado por la oscuridad, quien poseyera la luz, poseía la capacidad de hacer ver a aquellos que él eligiera, lo que él eligiera. Y así lo hizo, y no tardo en elevarse, por propios y extraños, a la categoría de semi-dios. 

Él era la vista de todos y cada uno de los habitantes de aquel lugar. No se tardó en encontrar su carne inanimada esparcida por lo que antiguamente era su hogar, sumido ahora en la más profunda penumbra, en una paradójica alegoría de lo que había sido su vida entera. La luz no se volvió a ver durante un largo tiempo, tanto que algunos ya tomaban esta vieja historia como una leyenda de borrachos o de niños, ambos comparten fantasía y realidad a partes iguales.

Un buen día, se hizo la luz más intensa que cualquiera fuera capaz de concebir en su mente, un enorme edificio se iluminó cual estrella, a lo que la gran masa, como polillas, no tardo en acudir. El supuesto asesino presidía el balcón de este gran edificio iluminado, con una máscara hábilmente colocada sobre su faz para no dar signo alguno de cavidad o accidente geográfico en su cara. Esta máscara no era más que la cara de un humano, pero deformada hasta la monstruosidad, fea como sólo pueden ser las cosas, como sólo puede apreciar la vista. Este se dirigió a todos los que allí se acercaban, y, sin articular ni siquiera una palabra, señaló un cartel que había junto a una gran puerta de entrada. El cartel rezaba:


“Quien de aquí pase, sea por que ha tomado la decisión adecuada”.


Todos se miraron sin saber realmente qué significaba el cartel, ¿cuál era esa decisión trascendental? ¿Qué elección les abriría las puertas de aquel lugar que parecía el cielo terrenal? ¿Qué concesión debían hacer?
Todos volvieron a mirar al balcón, a lo que, desde lo alto, un dedo volvió a indicar la línea recta que debían seguir los ojos, con las pupilas ya dilatadas debido al efecto de la inmensa luz, y se vislumbró una vidriera que tenía crucificado, con 4 clavos dorados, uno en cada punta, un contrato que decía:


“A cambio de recibir luz que dote a mi vista de utilidad, yo renuncio a todos mis demás sentidos, renuncio al tacto que me permite notar lo frío del cristal que refleja nuestra cara de idiotas, renuncio a los olores que cubren mi mente y evocan recuerdos, renuncio al ácido que noto dando vueltas por mi boca en este instante, renuncio a escuchar el susurro creciente de la gente que aquí y ahora me rodea. No he de dar nada más a cambio.”


Como buena muchedumbre idiota (ambos suelen ir unidos), pronto se empezaron a escuchar gritos pidiendo el contrato, puesto que sólo había uno allí, a modo de expositor, de maniquí de la ignominia. Además, estaba cubierto de un frío cristal, que no olía a nada, que no sabía a nada, que no sonaba a nada. Muchos se apresuraron a firmar, pues, al final del contrato se especificaba que esta decisión debían tomarla en 24 horas. 

Es de sobra conocido, no se le da bien pensar  a los idiotas, mucho menos hacerlo rápido, y, bien unos por profunda idiotez, bien otros por tener un carácter más propio del tipo ovino, fueron firmando, uno a uno, todos. Todos los que allí se encontraban, claro.

Al poco rato, no había ya nadie alrededor del misterioso edificio, todos los que se habían acercado, fueron firmando uno a uno. Ya estaban dentro, lo habían hecho, habían renunciado a sus demás sentidos por recuperar la luz, por recuperar la vista. Habían hipotecado toda su vida por una ilusión, la de poder ver lo que ellos poseían, poder apreciar la belleza de los objetos, poder apreciar la belleza de las otras personas. Pronto salieron, corriendo, de aquel lugar, dirigiéndose cada cual al lugar donde anidaban, donde echaban raíces, para ver en primer lugar, sus posesiones. 

Luego, se dieron cuenta de las formas de cada uno de los objetos que poblaban los límites de su posesión, y, más tarde, se fijaban en la belleza de sus mujeres, de sus hombres, de sus novias, amantes, putas de martes por la noche o amantes fugaces.
Les invadía la sensación que sólo se puede tener cuando se aprecia algo nuevo, algo olvidado, o algo desconocido hasta ese momento, como cuando descubres que guardas en un cajón, lleno de polvo, el juguete favorito de tu niñez. Todos, absolutamente todos los que habían “pasado por el aro”, los que habían firmado el contrato, sentían una inmensa sensación de felicidad. 

Todos salieron a la calle y fue entonces cuando se dieron cuenta. ¡Había gente que no tenía linternas! Algunos de estos poseedores de la luz que creían divina comenzaron a reírse, otros, al verlos, ayudados por su linterna, comenzaron también a reír, se burlaban de ellos, los llamaban locos o directamente los marginaban. Eran los “oscuros”. Eran pocos. Y no se mostraban demasiado, quizá por miedo a las burlas, o más probablemente, por el poco interés que despertaban los “iluminados”: no sentían nada al tocar, lo que hizo que el tacto entre ellos fuera fútil, no olían ni el olor de la mejor de sus comidas, tampoco podían saborearla; no podían hablar, pues entre ellos, no se escuchaban, no tenían ya la capacidad de oír. Podría decirse que pronto, a los poseedores de la luz, les empezó a saber amarga su decisión pasada, pero si siquiera saboreaban, apenas podían sentir, sólo lo que la vista les permitiera, y no podían compartir nada, ni hablando, ni tocándose, ni oliéndose, ni siquiera pegándose o arañándose. 

Esto hizo que pronto, muchos de estos iluminados, los que se reían de aquellos que habían decidido no claudicar, no agachar la cabeza, comenzaran a caer en depresión. Otros no comían, hartos del sinsabor de sus comidas, que parecían tremendamente apetecibles cuando enfocaban con sus linternas, de pura luz blanca, que hacía que hasta el último demonio de bar pareciera recién caído del cielo. Esto provocó una inmensa ola de muertes, unas por suicidio, otras por inanición… el olor a podredumbre inundaba las calles iluminadas adecuadamente, pero esto no representaba un problema para los iluminados. Vivían en medio de una morgue, de una fosa común, y ni siquiera lo sabían.

Lejos de allí, muy lejos, tanto que apenas se apreciaba la luz de esas citadas calles como un arañazo en el cielo en forma fugaz, se encontraban aquellos que no habían querido acercarse al iluminado edificio, estaban sentados, conversando, en grupo, compartían bromas, compartían también el sabor de las comidas que preparaban, entre todos, el olor que evocaba los mejores recuerdos en cada uno de ellos, e incluso compartían violencia, esa que sólo demuestra cariño.
De pronto un joven, que allí estaba viviendo, en la comunidad de los “oscuros”, rompió el silencio del bullicio con una pregunta:

“¿Y por qué nosotros no podemos tener una linterna también? Yo quiero poder ver a mis padres, quiero poder ver la comida que saboreo, lo que huelo cuando mis padres me preparan el postre…”

Todos quedaron en silencio, todos. De repente, se escucharon unos pasos, un andar lento pero constante, de pasos con distancia muy próxima entre los pies, como uno de esos muñecos a los que se les da cuerda y andan, pasito a pasito. Era el sonido de unos pasos que sólo la senectud es capaz de otorgar. Pronto los allí presentes dedujeron que se trataba de un anciano, el más viejo de los que allí vivían. Lo que no sabían era que la sabiduría de este hombre se correspondía de forma más que justa con su edad. El hombre se acercó al chico y se le oyó preguntar:
- Chico, ¿sabes qué es un oasis?
- Sí, lo sé, hay uno cerca de aquí, ¡pero nunca lo he visto!, por eso quiero una linterna, no para mí, ¡para todos nosotros!
- Tus palabras te honran, chico, te gustaría que todos pudiéramos ver lo bonito que es ese oasis, ¿verdad?
- ¡Claro!
- Pero, ¿te das cuenta de que para ello, tendríamos que renunciar al resto de nuestros sentidos, renunciar a todas las sensaciones que no fueran únicamente las que nos ofreciera la vista?
- Sí, pero es la vista la única que nos puede ofrecer la belleza de un objeto, de una persona.

El anciano se sonrió, nadie lo veía, pero se sonrió. No era una sonrisa de burla, ni tampoco aquella que se nos dibuja cuando tocan y cortan ese hilo con el que sostenemos algunos de nuestros razonamientos, qué va, no era tampoco una sonrisa de acuerdo con sus palabras, sino de comprensión, la comprensión que sólo la edad otorga. Fue entonces cuando, después de una pequeña pausa, se dispuso a decirle unas palabras al chico:

Es cierto que con la vista podrás apreciar el oasis, pero es con las manos con las que deberás recoger el agua cual cucharón, es gracias a la lengua que podrás saborear el sabroso sinsabor del agua esperada, es con la nariz con la que apreciarás el olor de la vegetación que cubre las orillas del agua y es con el oído con el que podrás escuchar su ruidoso correr. 

- ¿Y esto que significa?
- Significa que todos, absolutamente todos, tenemos nuestras limitaciones, nuestros peros, nuestros huecos en blanco, o en negro, pero no por ello significa que debamos rendirnos ante lo que nos es negado, no significa que debamos claudicar ante estas limitaciones o, aún peor, renunciar a nosotros mismos en busca de un paraíso que pronto se convertirá en el peor de los infiernos, puesto que, si lo hacemos, podremos tener todos los oasis del mundo, los más bellos, rebosantes de agua. Pero, si no tenemos lo más básico, lo que nos define, si nos dejamos llevar únicamente por lo que los demás opinen o hagan, acabaremos irremediablemente en el camino de la infelicidad.

Además, la exclusividad de un sólo sentido, la obligación de abandonar todo lo demás que no entre en sus fronteras es algo que ninguna persona que desee vivir realmente debe hacer, ya existen suficientes límites, ¡no te autoimpongas más!

La belleza no se aprecia, al menos completamente, con la vista. La belleza está en el sabor de un bocado a destiempo, en escuchar una canción que hace que el bello se ponga erguido cual inútil soldado, en el olor que nos recuerda momentos pasados, sean buenos o malos, en el tacto de tus dedos recorriendo una piel extraña, o en el viaje de unos dedos extraños por las sendas que tu piel ofrece. Esa es la belleza. Es esa la luz. Yo la quiero llamar, “la luz oscura”.

Para aquellas pulseras, coches viejos amarillos, para los cuadros que se cuelgan en la pared, para el vino, para el picante, para la sal, para Argentina, para Tailandia, me habeis inspirado, hijos de la gran puta.

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