Allá vamos, necesito descubrir algo nuevo y esto no pinta mal, dejar impresos mis pensamientos entre ceros y unos no me parece tan mala idea, aunque tampoco me parece buena del todo. En fin, a eso se reduce todo, al ámbar que da ese sentido, esa chispa, al fin y al cabo los otros siempre fueron muy previsibles, demasiado alineados y alienados con y por la línea recta, el rojo y el verde, el sí y el no. Lo ambiguo es infinitamente más especial, más interesante y más...ambiguo. Lo que sea, a mí, me gusta.
Volviendo a domingos de noche eterna, teorizando sobre idioteces en conversaciones que sólo pasan entre los portales del vecindario de mis neuronas para no salir jamás de ahí, como una relación que vive con temor a romperse por las incursiones ajenas. Realmente es sólo eso, representa mi centímetro, ese que nunca nadie, jamás, podrá poseer o si acaso penetrar. Quizás sólo en los momentos que se convierten en especiales, en esos momentos que te gustaría que perduraran años, incluso que ocuparan toda tu existencia, y que a la misma vez comprendes que, si realmente tienen algo de especial, es porque son eso, momentos, que llegan, pasan y fin.
La puerta abierta.
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