martes, 13 de diciembre de 2011

El salmón

Este frío me va a matar.

Fue un día, no recuerdo cuando, aunque no haya pasado tanto tiempo, cuando me fijé en él. Navegaba en mares de brea cuando lo vi saltar. Apenas levantaba el vuelo por encima de la superficie, pero allí estaba, majestuoso, mostrando con un simple gesto esa expresión que tanto me gusta, ese: "aquí estoy yo".

Cuando lo seguí, no estaba seguro a donde me dirigía yo, ni a donde me dirigiría él. Solo sé que desde el momento que empecé a seguirlo, comencé a sentirme a gusto. Escogió la desembocadura de un río para subir río arriba, como quien escoge un revólver para suicidarse. Parecía absurdo, pero no lo era.

Y en el camino que he conseguido acumular, remando, he visto cómo ha sido capaz de esquivar obstáculos, cómo se ha alimentado de sus propias fuerzas para seguir, cómo, a pesar de ser herido, ha conseguido reponerse y seguir río arriba. Y me ha gustado.

Durante la travesía he tenido la suerte de, a ratos, tener que ensanchar mi barca, la compañía así lo merecía. Siempre hay algún momento en el que, queramos o no, necesitamos dormir. Y ha sido en esos momentos cuando mi barca, repleta de carne, humo y líquidos sin determinar, a las manos de extraños íntimos, ha seguido su camino para, cuando he querido despertar, haberme visto como el que despierta tras un día de resaca, ya con el sol caído a los pies de la luna, y esta, desvergonzada, se atreve a brillar incluso más que de costumbre.

Es por esto y sólo por esto por lo que admiro de tal forma a un animal tozudo por instinto. Quizás (o más bien, seguro) yo no lo haga por instinto, ni las razones que yo tenga pueda compartirlas con ese pez, pero es que, sinceramente, después de esto, dudo que pudiera seguir viviendo en el mar, tan tranquilo, con tanta ausencia de paisajes, alejado de la frondosidad y los ramajes donde juegan a asomarse los animales. Para encontrar la corriente en el mar debes sumergirte y esto implica necesariamente no respirar, y eso a mí, como humano no me va. Desde el aspecto fisiológico hasta el infinito. Prefiero chocar con la corriente de frente, hacer cara al agua que salpica mi rostro muy de vez en cuando y seguir, seguir hasta donde me lleve, no la corriente, sino mi fuerza para seguir nadando.

Y escapar de vez en cuando dando saltos (aunque ello implique exponerme a las fieras) por momentos que, aunque parezcan efímeros, se hacen eternos en el laberinto que llaman memoria. Describiendo una trayectoria puntiaguda en el plano, dibujando los picos que tanto me gustan. Aunque eso implique hundirme ocasionalmente tras mi caída del aire. Me parece que se acerca más a mi concepción de vida que la línea quasi recta que dibujaría por mi trayecto a través del mar. Elegí, y elijo, pues, mi vida a través del río, ni a favor ni en contra de la corriente, sino en la que yo mismo sea capaz de dibujar.

siempre seguí la misma dirección, la difícil, la que usa el salmón...

2 comentarios:

  1. Otra vez esa sensación de la que hablábamos esta tarde me oprime el pecho. A veces me gustaría ser como tú o ser como ese salmón que navega con rumbo y a contra corriente. No como yo, que floto a la deriva en un océano de tempestad incierta.
    Creo que necesito cerveza.

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  2. Todos, absolutamente todos, flotamos alguna vez a la deriva, es una parte necesaria, es precisamente la razón que te empuja a nadar hacia donde en realidad quieres estar, ni es fácil ni es rápido, pero poco a poco se consigue. Yo tampoco tengo rumbo, nadie lo tiene en realidad, lo único que se es que nadie va a imponerme ningún rumbo prefabricado, y en eso, somos iguales. Yo también necesito, es cuestión de un viaje a iberos para saciar la sed.

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